Fran Perea y Fernando Soto en El ciclista utópico

Humor ácido y tensión acumulada en El ciclista utópico

Humor ácido y tensión acumulada en El ciclista utópico

Hay humor inteligente que se tizna de guiños tiernos para despertar emociones muy diversas en el espectador. El ciclista utópico, la obra protagonizada por Fran Perea y Fernando Soto y firmada por Alberto de Casso, es una prueba reciente de ello. La dirección, por otro lado, corre a cargo de Yayo Cáceres. 

En 2014, la obra recibió el Premio Fundación Teatro Calderón de Valladolid y ahora ha encontrado su hueco en el Teatro Galileo (Madrid) hasta el 2 de mayo. Ante la pregunta “¿puede un accidente cambiar nuestras vidas?”, la trama evoluciona hasta un punto de no retorno que dejará a cualquiera atónito.

La escenografía, eso sí, es bastante sencilla pero muy ingeniosa. Está compuesta simplemente por una especie de pared-cristal en la que los personajes van dibujando y escribiendo palabras y números. La finalidad de lo anterior es ir situando al espectador en una ambientación que, por lo tanto, debe estar recreada por la imaginación de cada uno.

Fran Perea encarna a Manuel, el conductor que se lleva por delante a Acebal (Fernando Soto) y que, a causa de dicho suceso, se sentirá en la obligación de satisfacer ciertos deseos frustrados del ciclista. La relación establecida por ambos irá evolucionando hasta llegar a unos niveles extremos de toxicidad. Los puntos álgidos surgirán cuando temas como el racismo o la pederastia se cuelen en las conversaciones en forma de chiste incómodo o comentario desafortunado. 

Las habilidades de ambos actores harán que el espectador se muera de ganas por gritar o intervenir en un juego de personalidades arrolladoras y contrapuestas que nunca parecen tener mucho sentido. Además, el juego de luces es sencillo pero muy efectivo y acompaña al ambiente perfectamente creado y mimado por Perea y Soto.

Ir a ver El ciclista utópico es darle la mano al buen teatro. En un momento en el que la cultura está tan vapuleada, son necesarias las carcajadas como las que inundan el Teatro Calderón con cada pase de la obra. Con una duración que supera (por poco) la hora, el espectador saldrá con la sensación de haber desconectado, por un momento, del mundo de mascarillas en el que lleva inmerso desde hace algo más de un año.

Nuestra puntuación...

3.6/5

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